Un e-book nunca reemplazará a un buen profesor
Con un palo y arena se puede enseñar a un niño a leer. Es un tópico extendido en el mundo de la educación que, pese a los cambios que ha experimentado la enseñanza, sigue siendo muy real. Es importante que, al mismo tiempo que se genera una gran cantidad de expectación alrededor de la nueva plataforma e-book y e-textbook de Apple, no olvidemos lo fundamental.
Como educador con más de seis años de experiencia en la enseñanza de las ciencias en el aula y el lenguaje, voy a ilustrar esto.
La plataforma iBook, de Apple, aporta un nuevo valor: nunca antes había habido una herramienta tan fácil para crear libros y libros de texto que da una gran capacidad a los usuarios para colocar fotos, diagramas, modelos 3D interactivos y código HTML5. Su sencillez es imprescindible para generar una dinámica de uso de estas herramientas. De hecho, de acuerdo con algunos informes, los usuarios ya han descargado 350.000 libros electrónicos con este software.
Durante los últimos 30 años, la educación ha ido adaptando la tecnología al aula. Empezó en serio con los primeros ordenadores IIES de Apple en los laboratorios de informática y ha llegado hasta las pizarras inteligentes y las tabletas para cada alumno que se usan en algunos colegios. Realmente la tecnología tiene la capacidad de transmitir la información de forma dinámica y emocionante y, por supuesto, los niños de hoy están totalmente en sintonía con ello: han crecido con dispositivos conectados a Internet y la mayoría de ellos le dan cien mil vueltas incluso a los adultos más expertos.
Sin embargo las tecnologías en el aula, incluyendo los libros de texto electrónicos, no son la panacea capaz de solucionar todos los males educativos. Existen incontables aplicaciones y sitios web con herramientas de aprendizaje aplicadas a la lectura, las matemáticas y las ciencias. Sin embargo, tal y como he experimentado muchas veces, la mayoría de estas aplicaciones, que prometen simular un experimento científico virtual, acaban fallando por una razón fundamental: son virtuales. Son excelentes formas de introducir las prácticas básicas y principales pero dejan poco espacio para experimentar fuera de lo que se ha programado.
Los estudiantes deben tener la posibilidad de ensuciarse las manos, es decir, tienen que tener la oportunidad de cometer errores con consecuencias reales. Obviamente no me refiero a explosiones peligrosas en un laboratorio, pero sí a algo más que a un juego similar a un cuadro de texto o a una caricatura de Einstein reclamando un nuevo intento. Y esto es algo que la tecnología actual aún no puede ofrecer. Cada vez que planeo una clase de ciencias, sólo el comienzo encaja con este tipo de herramientas virtuales, pero luego hay que trasladarse al mundo real y planear experimentos.
Lo que los creadores de estas tecnologías tienen que hacer es ser aún más innovadores. No todo tiene que girar en torno a juegos y simulaciones sino que se trata de potenciar la tecnología. Imagina dónde se podría llegar si algún programador de Apple o un astuto desarrollador pensaran en cómo compartir, de forma real, los resultados experimentales con otros usuarios del mismo libro de texto electrónico. Eso es colaboración.
¿Qué pasaría si en vez de jugar a un juego aburrido, poco creativo y trivial al final del capítulo, los alumnos pudieran diseñar su propio juego y compartirlo con los demás? Y estas preguntas no se generan desde la tecnología sino que parten de la persona a cargo de la situación: el maestro.
Si un estudiante tiene un buen maestro es mucho más probable que tenga éxito (ver aquí). Por supuesto, las características de un buen maestro son un asunto aparte y hay tantas opciones como expertos que opinan. Sin embargo, hay algo en lo que todo el mundo está de acuerdo y es que los profesores deben ser, ante todo, competentes y hábiles en su trabajo. Muchos profesores, sobre todo en la educación primaria donde todas las asignaturas son impartidas por la misma persona, desempeñan la enseñanza de áreas en las que no se sienten cómodos. Y esto mismo ocurre con el uso de la tecnología.
Los profesores deben conocer adecuadamente las materias que enseñan y, del mismo modo, enseñar a los alumnos a utilizar las herramientas tecnológicas que tienen a su disposición. La primera necesidad puede satisfacerse poniendo fin al modelo de profesor universal que existe en educación primaria. La segunda requiere de una fuerte inversión en la formación continúa de los docentes. Al final, los mejores maestros son los propios alumnos.
En conclusión, no se trata de “dame un e-libro de texto y hago un ingeniero aeronáutico”, sino más bien de “necesito un maestro cariñoso que maneje las herramientas y sus habilidades y el ingeniero aeronáutico surgirá en un futuro”.
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